De nuevo estábamos allí, en el mismo parque, las mismas personas. Él procuraba no mirar hacia la izquierda, evitando el contacto de nuestras miradas. La distancia que nos separaba era minúscula, pero entre ambos existía una pared que yo mismo acababa de alzar. Apenas había pasado un minuto, pero en mi mente los segundos transcurrían eternos.
-¿Y ahora qué?-preguntó, manteniendo la mirada clavada en el horizonte.
Los niños corrían alegres, danzando y cantando a nuestro alrededor, pequeños soles en contraste con la multitud de nubes grises que se arremolinaban sobre sus cabezas. La hierba moría mientras los primeros días de diciembre veían la luz. Y nosotros, en medio de aquel pequeño caos, nos manteníamos en el mismo banco donde una vez reímos.



